Cuando “estar mejor” no es lo que parece
Sucede más veces de lo deseable cuando las personas acuden a terapia o se les prescribe psicofármacos que de pronto comienzan a “funcionar”
Es una escena frecuente: alguien vuelve a trabajar, retoma sus rutinas, cumple con sus responsabilidades y desde fuera todo indica que “está mejor”. Se le ve más estable, más organizado, más funcional. Y entonces aparece una conclusión casi automática: si ha vuelto a funcionar, “Es que se ha recuperado”.
Sin embargo, esa equivalencia puede ser engañosa.
Una persona puede sostener su vida cotidiana y, al mismo tiempo, sentirse más apagada, con menos deseo, menos vitalidad o menos conexión con lo que le pasa. Puede haber menos crisis, pero también menos vida. Desde fuera parece que todo mejora; por dentro, algo se ha reducido.
Aquí aparece un error importante: confundir funcionamiento con recuperación.
El funcionamiento importa. Poder dormir mejor, organizar el día, retomar tareas o reducir conductas de riesgo son logros reales. Pero el problema surge cuando eso se convierte en el único criterio de evaluación. Entonces dejamos de preguntarnos por la experiencia interna: ¿cómo se siente esa vida?, ¿qué costo tiene sostenerla?, ¿hay alivio o solo más control?
Vivimos en una cultura que valora el rendimiento, la productividad y la adaptación. No es extraño que estos criterios se cuelen también en la terapia. Alguien que cumple, que no interrumpe y que no genera conflictos resulta más fácil de considerar “bien” que alguien que desborda o no encaja. Pero una vida más fácil de gestionar desde fuera no siempre es una vida más habitable desde dentro.
De hecho, el funcionamiento puede coexistir con apatía, desconexión emocional, pérdida de deseo o empobrecimiento del mundo interno. La persona puede llorar menos, protestar menos o pedir menos… pero también sentir menos. En estos casos, no necesariamente mejora la experiencia de vivir, sino la capacidad de sostener el circuito.
Algo similar ocurre con la idea de que “menos crisis” implica más salud. A veces es así: hay más recursos, más comprensión, más margen. Pero otras veces la disminución de crisis se consigue a costa de reducir la propia vida: menos vínculos, menos exposición, más control, más silencio emocional. Esa estabilidad también tiene un precio.
Por eso conviene distinguir entre conceptos que no son equivalentes: adaptación, alivio, control de síntomas, funcionamiento o recuperación no significan lo mismo, aunque a veces coincidan.
Otro punto clave es que el funcionamiento es visible: se puede medir, registrar, observar. Es más fácil decir “ya volvió a trabajar” que explorar si esa vuelta tiene sentido, deseo o implicación subjetiva. Pero lo visible no siempre refleja lo más importante. Una persona puede parecer más tranquila porque ha renunciado a lo que le importaba, o más estable porque ha dejado de expresar conflicto.
En este contexto, resulta útil diferenciar entre una vida “administrable” y una vida “habitable”. Una vida administrable es aquella que funciona, que no desborda, que encaja. Una vida habitable implica algo más: deseo, contacto con la propia experiencia, cierto margen de elección, conexión emocional.
El trabajo terapéutico consiste, en parte, en no cerrar demasiado rápido la idea de mejoría. Preguntarse no solo si alguien funciona, sino cómo vive ese funcionamiento. Qué costo tiene. Qué se ha ganado y qué se ha perdido.
Porque a veces lo que se presenta como mejoría no es tanto una vida más plena, sino una forma más silenciosa y organizada de sobrevivir.
Ilustración: Bryan Rea The New York Times
