Web
Analytics Made Easy - StatCounter

De padre a colega (1)

Por 26 agosto, 2020artículo

¿Ha desaparecido el padre tradicional? ¿El que encarnaba la ley y la hacía cumplir?

¿Hemos pasado del padre tirano al padre colega?

¿Cómo afecta este fenómeno a los  padres y a los hijos?

“¡Ya verás cuando llegue tu padre!”. Esta frase, pronunciada miles de veces a modo de advertencia en el pasado, hoy apenas tiene sentido. Porque el padre autoritario, aquel que ponía firmes a los hijos ante la mera pronunciación de su nombre, ha desaparecido. Se ha evaporado, como predijo el psicoanalista Jacques Lacan después del Mayo del 68, cuando las revueltas estudiantiles desafiaron a la autoridad vigente.


¹Este artículo, está basado en el texto de Eva Millet, publicado en el diario La Vanguardia del 24/08/20


En el siglo XXI otro psicoanalista, el italiano Massimo Recalcati, uno de los ensayistas más prestigiosos de su país, toma el relevo de la tesis de Lacan “La autoridad simbólica del padre ha perdido peso, se ha eclipsado, ha llegado irremediablemente a su ocaso”, escribe Recalcati, que apunta que hace tiempo que se conocen sus consecuencias (y no solo entre los psicoanalistas): “Las dificultades de los padres para cumplir con su propia función educativa y el conflicto entre generaciones que de ello se deriva”.

Es cierto, no hace falta ser un experto para darse cuenta que la jerarquía en las familias ha cambiado radicalmente en las últimas décadas. Que en gran parte de Occidente la tradicional figura del pater familias, símbolo de la Ley, ya no existe. Para comprobarlo, solo hace falta ser testigo de alguna interacción en el día a día entre algún padre estándar y su prole. Aquí va una: en Barcelona, en los inicios del desconfinamiento, en una tienda de decoración de una famosa cadena. Padre, madre y dos niños de entre seis y ocho años. La madre elige toallas mientras los niños están al cargo del padre. Podrían haber estado a cargo de una escoba: corren por la tienda, lo tocan todo, gritan… No paran, vaya. Pero el padre los mira con arrobo indisimulado y, él también, lo toca todo, detrás suyo. Solo de vez en cuando parece recordar su rol y, con voz poco convincente, débil, les dice: “Dejad de tocar” o “No corráis”. Las dos criaturas siguen tocando y corriendo, como si hubieran oído llover.

                                   ¿Echamos de menos al padre de antes?

En uno de sus libros El secreto del hijo, Recalcati, subraya que no echa de menos, en absoluto, la figura autoritaria del padre padrone que cuadraba a la familia, que ordenaba y mandaba y frente al cual no había nada que decir, tan sólo obedecer.  “Personalmente, no siento la menor nostalgia por el pater familias. Su tiempo está irremisiblemente acabado”, asegura.

Pero sí que le interesa “interrogar lo que queda del padre” porque el ocaso de esta figura, sostiene, está afectando a las familias. El psicoanalista alerta de la proliferación de la figura de padre-colega: esos padres que abdican de sus funciones “por estar demasiado próximos a sus hijos, demasiado cercanos, por ser demasiado parecidos”.

Este cambio ha hecho que hoy no exista una diferencia generacional sino una “confusión entre generaciones”. La familia ha pasado de la verticalidad a la horizontalidad: todos son iguales. Esta transformación provoca que,  en su consulta, este analista vea cada vez más hijos desorientados por este vacío paterno. Hijos que esperan y que necesitan, aunque no lo sepan,  la presencia de alguien que encarne la función de padre:  alguien cuya opinión nos merezca atención, alguien cuya  experiencia  sugiera cosas de interés, alguien finalmente,  cuyo lugar implique  una cierta guía y un poco de orden. También detecta, como fruto de esta horizontalidad, más hijos narcisistas que se comportan como reyes y tratan a los padres como tratarían a sus amigos cuando no,  como a auténticos servidores.

Los padres-colegas ejercen hasta de confidentes: “Los hijos lo saben todo acerca de sus padres, incluso lo que sería mejor que no supieran”. Los adultos, insiste Recalcati, están rehuyendo la misión educativa que la diferencia generacional les impone. “Cada vez es más raro que nuestros hijos puedan hallar en los adultos encarnaciones creíbles de lo que significa ser responsable”. Un buen ejemplo, dice, lo encontramos en la política, que se ha transformado “en una frenética fiesta de adolescentes”.

La sobreprotección, la obsesión de la crianza hipermoderna, de facilitarles todo lo posible  el camino a los hijos, es otra causa de este desconcierto: Los padres-colega no saben delegar, no otorgan ocasiones, no toleran que se equivoquen para luego pensar juntos en el por qué y el como. Es más fácil, claro está, pero mucho más costoso a largo plazo.

¿Por qué se está produciendo este fenómeno?  Son situaciones altamente complejas y no se limitan a la familia. Podríamos decir que no sólo ha caído la autoridad del padre, es toda figura de autoridad la que está en cuestión. La vida política es una muestra de ello, la idea del lider carismático y respetado por todos hace tiempo que dejó de existir y como él, la del maestro y la del médico que encarnaban, cada uno en su ambito, un saber autorizado al que había que escuchar..

Recalcati desgrana alguna pista acercándose al caso de las familias. Por un lado, la confusión entre autoridad y autoritarismo, que hace que cualquier intento de orden se considere un atentado contra la criatura. “Nuestro tiempo, enfatizando de manera unilateral los derechos del niño, acaba por ver con recelo cualquier actividad educativa que asuma la responsabilidad vertical de su formación”. El establecimiento de límites a los hijos se confunde con atropellos o atentados a sus derechos.

¿Cómo afecta este fenómeno a los hijos? Hay mucha ansiedad: padres angustiados e hijos perdidos. “Familias en el caos” que a menudo, debido a esta dificultad de los padres de hacerse respetar – porque no se sienten autorizados para ello – tienen que acudir a un tercero -un juez, un mediador un terapeuta-  para resolver los problemas. El aumento de llamamientos a la intervención de un tercero es una señal de esta profunda alteración de los papeles. “Se trata de una paradoja hipermoderna: los padres, cada vez con más dificultades para transmitir a sus hijos el sentido de la Ley de la palabra, ¡apelan a la Ley del juez (o cualquier otra autoridad)  para que les restituya la propiedad de los hijos!”.

Este experto simpatiza con el malestar de los hijos y reivindica el retorno urgente de un padre que asuma su rol. Pero no un padre tirano ni, tampoco, esos que presumen de ser perfectos y dirigen las vidas de su prole como managers, en un ejercicio de narcisismo parental. Para Recalcati, esos padres que se sienten dueños de sus hijos tampoco son la respuesta.

La respuesta se orienta hacia la de un padre-referente, capaz de orientar pero de asumir también las consecuencias de sus actos. Recalcati invoca una figura responsable, que muestre a los hijos que “se puede estar en este mundo con deseo y, al mismo tiempo, con responsabilidad”. Padres maduros, en definitiva, capaces de “dejar ir” a sus hijos, para que vivan sus vidas propias, con sus éxitos y sus fracasos. Pero, sobretodo, padres que ejerzan el rol de padres, no el de colegas de sus hijos. Un papel más difícil, sí, pero mucho más necesario. Porque nuestros hijos quizás tengan muchos amigos pero padre, solo uno.